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La Primavera Árabe de 2011

Mao tenía razón cuando afirmó que el capitalismo (en su existencia auténtica, es decir, imperialista por naturaleza) no tenía nada que ofrecer a los pueblos de tres continentes (la periferia constituida por Asia, África y América Latina, esa «minoría» que reúne al 85% de la población del planeta) y que por lo tanto el Sur constituía la «zona de tormentas», es decir, de las revueltas repetidas, potencialmente (pero sólo potencialmente) portadoras de avances revolucionarios dirigidos a la superación del capitalismo por el socialismo. Estas primaveras coinciden con «el otoño del capitalismo», el declive del capitalismo de los monopolios generalizados, globalizados y «financiarizados». Los movimientos parten, como los del siglo anterior, de la reconquista de la independencia de los pueblos y los Estados de las periferias del sistema, que recuperan la iniciativa en la transformación del mundo. Por lo tanto son, ante todo, movimientos antiimperialistas y además, sólo potencialmente, anticapitalistas.