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«Son opio para el pueblo»

Últimamente los medios de comunicación nos bombardean sin parar con las bondades del nuevo papa. en especial, se resalta su preocupación por la pobreza y se subraya su proclamado objetivo de «promover la Iglesia pobre y para los pobres». Pero los cuestionamientos de la iglesia, por supuesto, tienen sus límites: las bases mismas del sistema no se tocan. Juan XXXIII lo estableció con claridad cuando dijo, en su mensaje Mater et Magistra, que la propiedad privada es parte del orden natural. La idea se prolonga hasta el presente; no se trata de condenar al sistema de trabajo asalariado, sino a los «abusos» del mercado, al afán excesivo (¿cuánto?) de lucro, a la «extrema» (¿cuánta?) pobreza y a las injusticias más flagrantes, como la trata de personas, o la explotación del trabajo infantil. En síntesis, se condena al «neoliberalismo inhumano» (y Bergoglio-Francisco criticó a Menem), pero no al sistema capitalista. La realidad es que la «doctrina social» de la Iglesia, en lo que tiene de «transformador», no es más que un rosario de los lugares comunes del burgués bienpensante habitual.