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Una burda mentira

Quienes niegan que la guerra sucia en Iparralde fue terrorismo de Estado puro y duro, no sólo se niegan a que un mecanismo independiente investigue al respecto. Encima, se dedican a dar lecciones de ética mientras se niegan a reconocer a las víctimas del terrorismo de Estado que no pueden presentar pruebas irrefutables; en especial, a las de la tortura. Y lo hacen sabiendo de sobra que es inherente al Estado el procurar a toda costa no dejar pruebas de las vulneraciones de Derechos Humanos que comete, y que tiene ingentes medios para ello.